Expresiones de la Aldea, Notas Centrales

BITÁCORA DE PANDEMIA


Hojear sin juzgar el cuaderno de bitácora de viaje en esta pandemia en el que diferentes y distantes personas escriben reflexiones y sentires de esta historia

La Opinión/ La Voz del Sud

Con el permiso del docente Daniel Aschieri espiamos su cuaderno de bitácora: este tiempo de convivencia con la pandemia ha sido como un paseo en una montaña rusa: hubo altas y bajas, tramos lentos y otros vertiginosos, momentos aterradores y de calma. Sin duda, el coronavirus nos puso a prueba en todos los aspectos posibles. ¿Qué nos quedará de todo esto? ¿Nos permitirá algún tipo de aprendizaje valioso?

Empezó todo con una gran incertidumbre. Desconocíamos el alcance del confinamiento y las medidas de prevención que debíamos adoptar. Todo se veía lejano, distante en tiempo y espacio. Parecía que debíamos aguantar el aire un par de semanas y luego volver a la normalidad. Después, la peste nos alcanzó y nos convertimos en personajes de Albert Camus. Ahora todo era cercano y presente; y la normalidad, una entelequia.

Nuestra percepción del tiempo cambió, y los minutos se hicieron días y semanas y meses. Nos empezamos a levantar un poco más tarde y a acostarnos mucho más tarde aún para conseguir la tranquilidad del niño que duerme –y una internet más confiable– para poder trabajar con mayor concentración.

Nuestros espacios se achicaron y reacomodamos los objetos para notar menos el encierro.

Exploramos un sinnúmero de actividades para mantener la cabeza fresca y debimos apelar al ingenio para evitar el tedio de la rutina.

Debimos buscarle la vuelta para estar todo el día encasa y mantener cierto tipo de contacto con el resto de las personas. Nos hicimos esclavos de los celulares y las computadoras. Ahora, gran parte de nuestras actividades se canalizaron por esos medios: nos manteníamos comunicados con familiares, obteníamos momentos de esparcimiento, nos informábamos, nos capacitábamos, trabajábamos, aprendíamos, enseñábamos, hacíamos las compras (desde ropa hasta verduras, desde electrodomésticos hasta cereales para el desayuno) …todo.

Luego pudimos juntarnos y vernos, y aprendimos que no es nada raro ver a gente con barbijos, y a llevar siempre alcohol en el bolsillo; a no estrechar la mano de nadie y saludarnos desde lejos; a posponer encuentros para evitar riesgos; a festejar cumpleaños de a pocos.

La pandemia nos obligó a trabajar desde la casa. Si bien es una forma de trabajo que se usa hace años en distintos lugares, la covid-19 nos forzó a emplear nuestra capacidad de inventiva, nuestracreatividad,nuestro ingenio y nuestra capacidad de adaptación para una implementación de emergencia de clases virtuales y teletrabajo.

“CoVID-19”, por Han Lin.

Debimos establecer nuestros propios protocolos para envío y recepción de actividades, de selección de contenidos, de adecuar una y otra vez los procedimientos y materiales para facilitar el acceso y la comunicación. Y en los ratos libres, realizar un sinnúmero de cursos y tutoriales y capacitaciones y consultas a colegas para investigar y conocer las herramientas más idóneas para el dictado de clases virtuales. Debimos echar mano a terminología nueva para algunos –Classroom, Zoom, Meet, Edmodo, Moodle, Drive, etc.–.

Y no solo representó un aprendizaje  para los docentes y directivos: hubo estudiantes que, por más que puedan manejar diariamente un montón de aplicaciones y redes sociales, nunca habían utilizado un correo electrónico. No fueron pocos los emails con el mensaje escrito en el renglón del asunto (y sin mensaje en el cuerpo del texto) o sin archivos adjuntos.

Cuesta mucho hablar en términos de hechos positivos en un contexto semejante, en el que una enfermedad se llevó tantas vidas y dejó a muchas familias en la ruina. No es mi intención hacer la vista gorda a tal cosa ni ignorar el sufrimiento de las familias.

No obstante, se puede decir que todo lo vivido durante el 2020 fue un gran aprendizaje. Nos queda un anecdotario tal vez agridulce. Y un deseo profundo de que la pandemia no hubiera sucedido jamás. Y que no hubiéramos necesitado encerrarnos y distanciarnos. Ni sustituir con virtualidad a la presencialidad. Ni lamentar las pérdidas y las ausencias. Pero pasó.

Solo el tiempo podrá decirnos el valor de nuestros aprendizajes, de nuestra nueva normalidad.