Expresiones de la Aldea, San Luis

¿Me vas a hablar de Amor?

¡Y no es la letra de un tango!

Por Gabriela Preti

El amor romántico es heredado del romanticismo, un movimiento cultural, artístico y literario que se desarrolló en Europa durante siglo XVIII al siglo XIX; surgió inicialmente en Inglaterra, Francia y Alemania, en rivalidad a los movimientos intelectuales donde se valorizaba la lógica, la razón y la objetividad. Su impacto fue tal que dio provecho a la cultura patriarcal que hoy nos sigue copando y sometiendo al machismo. 

Este movimiento indujo a la cultura del “amor romántico”, de la belleza en el arte de tantas obras pictóricas, de cuerpos de mujeres como objeto e inspiración, y de los relatos poéticos desgarradores por amores no correspondidos; era lo sublime; al mismo tiempo representaban que la belleza era también lo terrible, en todo aquello que incomodaba, que lo alteraba y conmovía. 

La idea “de que lo que provoca dolor conmueve” permanece en nuestro inconsciente. 

La traducción de este romanticismo del siglo XVIII permanece en el siglo XXI, como “amor romántico”; radicado en nuestra cultura, se termina admitiendo de modo naturalizado, que se puede someter, violentar y matar por “pasión”. El delito pasional de alguna manera sigue aún contemplado por las leyes. “Se atenúa la pena por homicidio a una mujer cuando el homicida lo produjo en un estado de emoción violenta, o ha visto afectada su facultad de controlarse a sí mismo, sea por ira, irritación, miedo, dolor, ‘estado pasional’, etc”.

Los medios de comunicación recorren un lento camino de deconstrucción cuando aún titulan “crimen pasional” a un femicidio, o un “apareció muerta” sobre una mujer que sufría violencia de género.

Legado del movimiento romántico fue la exaltación a la fantasía, lo sobrenatural, y la provocación, por ende, en el amor romántico se permite sobrepasar los límites, exaltando sentimientos sin discernir entre derecho y posesión.

El romanticismo rompió las reglas académicas del arte, el amor romántico en la cultura popular las utilizó como “objeto” de deseo.

El romanticismo en la historia desarrolló una nostalgia por el pasado, vivimos el amor romántico con la nostalgia que todo tiempo pasado fue mejor, el imaginario colectivo tanto femenino como masculino nos ancla en el mito.

Enaltecemos e idealizamos relaciones, creemos que ser románticos es estar enamorados y que el amor tiene que doler.

El movimiento fue gran alimento del patriarcado: el amor, la pasión y la emoción, confundiéndose entre ellas, utilizada por el poder hegemónico. Se ideaba la muerte, con énfasis en el suicidio. Hay un hilo muy sutil, entre amor romántico y el derecho de tomar la vida de alguien, por el permitido que se le da al amor romántico, misma dimensión que se le da a un objeto. 

El romanticismo fue un movimiento de un idealismo extremo, político, social y religioso.

La construcción cultural del amor romántico inhibió la capacidad de despedirnos de seres queridos, abueles, progenitores, hermanes, hijes, de amistades, de lugares; quien más tenga, que más ponga. En las escuelas no nos enseñan esto y nuestra cultura está totalmente atravesada viviendo en los apegos, convertidas en objetos de propiedad.

“La fingida muerte de Julieta”, de Frederic Leighton (1856-1858, arte victoriano).

Muchas veces cuando una pareja se separa, el “bien” amado en la disolución del vínculo, pasa a ser el monstruo del lago Ness, inician las guerras de los bienes adquiridos. Mujeres educadas con el hombre como proveedor, y la cultura machista no nos permite equidad. 

El romanticismo político resalta la ausencia de conciencia política, rechaza el conflicto y la responsabilidad de decisiones, van hacia la fuga de la realidad, pero con un ojo atento a la propia ventaja. A las mujeres nos dejan pocas alternativas, que no sean las de besar a un sapo y esperar que se convierta en príncipe azul. 

Vivimos en un mundo capitalista donde los que tienen el poder económico son en su mayoría hombres; ellos también están atravesados por el amor romántico, pero casi siempre llevan las de ganar. Nuestra cultura occidental promueve el amor desde un concepto de propiedad. 

Saturadas de boleros poéticos cantamos que: “renunciamos al amor propio y nos entregamos al ser amado”.

A diferencia de las culturas orientales, el apego no es una virtud, es sólo fuente de sufrimiento. 

Tendríamos que desenamorarnos del romanticismo. El amor no es un flujo cósmico, mágico, es una suerte de acuerdos, el tiempo que dure; y cuando se termina tampoco debe vivirse como un fracaso. 

La toma de conciencia es un transcurso difícil, de evolución individual, pero como dice Coral Herrera, “Es parte de la estafa romántica” no nos dejemos aplastar.