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LOS JUEGOS DE LA INFANCIA

Un viaje mágico y necesario de vivencias lúdicas compartidas a través del tiempo. Rescatar para la memoria el derecho a la recreación

Por Leticia Maqueda

Escondidos en la memoria, están los juegos de la infancia que guardan el recuerdo feliz, brumoso y atemporal de una etapa de la vida. Los que yo disfruté, son los que animaron los días de los que fuimos niños en la primera mitad del siglo pasado.

Juegos cuyo escenario eran las calles tranquilas de una ciudad provinciana, los patios grandes con enredaderas de jazmines, macetas con geranios y acaso un aljibe en las casas familiares, o los inundados de sol en las escuelas y los fondos con árboles que podíamos trepar.

Eran entonces los juegos un continuo ejercicio de creatividad, imaginación y a veces de recreación de antiguas historias, que habían cruzado el mar y que, como una lluvia mansa y tibia de otoño, impregnaron estas tierras para quedarse en ellas. Aquí florecieron, cambiaron su rostro y se enriquecieron con los que vivían en la savia americana.

Una invisible y musical cadena formada por manos y voces infantiles los transmitieron a través del tiempo y así llegaron hasta los que, siendo niños en los años 50, tuvimos el privilegio de jugarlos y recrearlos.

Como si fuera Alicia en el País de las Maravillas, atravieso la luna empañada del espejo del tiempo para regresar nuevamente al universo perdido de la infancia y encontrar los juegos. Quiero traerlos a este presente para que sigan viviendo en la memoria colectiva antes de que definitivamente terminen de irse al país del olvido.

El mundo interior del espejo me recibe y necesariamente tengo que hacerme pequeña, para que la memoria se haga vivencia en mi corazón y en mi mente. Mágicamente he ingresado y me encuentro con una fiesta de cumpleaños.

Los varones tienen bonetitos y las niñas vinchas de papel crepe, me acerco con ellos a la mesa cubierta con un mantel blanco, en el centro la torta con velitas y alrededor las tazas con el rico chocolate, las masitas y los sándwich. Rápido toman el chocolate, van al patio y se plantea la  discusión: “¿a qué jugamos?”, no hay adultos pautando entretenimientos especiales, son ellos los que deciden.

Comienzan con la Mancha Venenosa y siguen con el Martín Pescador, un puente de manos trenzadas y un tren de niños tomados de las manos. “Martín Pescador, ¿se podrá pasar?/ Pasará pasará pero el último quedará”.

Cambian  de juego, ahora los convoca “La Víbora del Amor” y cantan “A la víbora a la víbora del amor/ por aquí yo pasaré/ y una niña dejaré”.

Los juegos de persecución también tienen cabida, “La Policía Salvada” es el elegido, unos en el rol de policías y otros en el de ladrones corren, gritan, se ríen. Después un juego más tranquilo los reúne en torno a uno de los participantes que tiene los ojos vendados “Gallito Ciego, ¿qué se te ha perdido?” preguntan a coro y responde “¡Una aguja y un dedal!” “¿en qué calle?” dice el grupo y responde “en la calle Santa Fe” y a los gritos le dicen “yo te lo tengo y no te lo quiero dar” y el Gallito Ciego con sus manos extendidas corre para capturar a alguno y adivinar quién es.

En el cumpleaños se suceden los juegos hasta el atardecer, horario en que poco a poco los padres buscan a sus hijos. Todos se van cansados, felices, la camisa afuera los varones y el vestido desarreglado las nenas, la cinta del pelo fuera de sitio y en la mano el globo o algún suvenir de fabricación casera.

Camino por las calles y llego a la escuela. Suena el timbre, es el recreo. Este tiene el encanto de aprovechar al máximo los escasos minutos destinados al juego. Hay chicas saltando a la cuerda y entonces recuerdo que según las estaciones del año, sin que nadie lo indicara variaban los juegos.

Martín Pescador: ¿me dejará pasar? – Pasará, pasará, pero el último…quedará. Archivo General de la Nación.

Estaba el tiempo de las cuerdas para saltar. Las teníamos individuales y las otras más largas para compartir. La cuerda simple era sostenida en cada extremo por dos compañeras que daban “las vueltas” y podíamos “entrar” a saltar de a una o varias al mismo tiempo, si la pisabas perdías. También podía ser muestra de destreza individual cuando se decía “vinagre, aceite, ¡ají picante!”. Al ritmo de las palabras la soga daba vueltas despacio, un poco más rápido y finalmente con gran rapidez. El salto a dos sogas, era más difícil y requería equilibrio, sentido del ritmo y habilidad. 

Veo en otro sector del patio a niños jugando al Tejo y mi memoria revive este juego. Para él solíamos tener guardada en el bolsillo la piedra plana que nos hacía ganar. Dibujados con un palito en la tierra o con una tiza en las baldosas, el Tejo nos convocaba con sus cuadrados y con el semicírculo final en el que escribíamos la palabra Cielo.

Había que arrojar la piedra que no podía caer en las líneas de los cuadrados a los que saltábamos con un pie. Para alcanzar el Cielo, era preciso avanzar por los cuadrados sin mirar y sin pisar la línea (hecho por el cual se perdía), recitando la fórmula “Am Salam, Am Salam, Sin Salamín con pan”. Hoy a la distancia pienso si esto que repetíamos no tendría alguna reminiscencia del saludo árabe Salam (Paz) deformado.

En el patio con plantas de una casa un grupo de niñas juega a las rondas. En círculo cantan  mientras en el  centro, una gira sola dando saltitos cortos con las manos en la cintura, “que salga a bailar la dama vestida de marinero/ si no tiene dinero la caridad del cielo”/ y luego otra ronda en la que en el círculo por turnos una gira mientras cantan “dejenla sola/ sola y solita/que la quiero ver bailar/ saltar y brincar/ andar por los aires/ y moverse con mucho donaire/ que busque compaña (y en ese momento elige a una niña de la ronda que se le une) que la quiero ver bailar y así se suceden mientras varias pasan al centro a saltar al ritmo de la canción.

Ahora hay un cambio, en filas enfrentadas se preparan para jugar juegos que se basan en una pequeña dramatización. Se suceden “Sobre el puente de Aviñón” con una representación diversa de oficios , “Mambrú se fue a la guerra” que narra una leyenda medieval, la “Torre en Guardia” que no es otra cosa que la dramatización hecha juego de un viejo romance español  y aquello de “Arroz con leche me quiero casar/ con una señorita de San Nicolás”/ y luego /“Juguemos en el bosque mientras el lobo no está/¿ lobo estás?”“Se me ha perdido una niña cataplín cataplín cataplero/se me ha perdido una niña y no la puedo encontrar/.

Uno de los juegos con los que me encuentro en este recorrido es el de “La Vendedora de Pájaros”.  Lo revivo y  pienso que tal vez su estructura provenga de retazos de un antiguo auto sacramental. Los niños eligen y discuten los roles, finalmente una es la vendedora de pájaros, otra la bruja en el rol de una viejecita que venía a comprar y una más en el rol de la Virgen.

Los demás hacen de pájaros y viene la discutida elección de los nombres. Estos son de las aves que conocen y les son familiares Tero Tero, Bichofeo, Calandria, Gorrión, Rey del Bosque, Paloma, Pecho Colorado, Colibrí y tantos otros de nuestra tierra natal. Ocurre entonces la dramatización, la compra de los pájaros, el cautiverio de los mismos y luego en fila detrás de la bruja (que representa al diablo) los pájaros que se transforman en ángeles. La Virgen en el otro extremo inicia el diálogo diciendo: “primer ángel ven aquí” / “no porque está el diablo ahí”/ contesta el primer ángel / “alza tus alas y ven a mí”/dice la Virgen y el primer pájaro sale corriendo, si la virgen lo toma antes que la bruja pasa a formar parte de su grupo, el juego repite la escena con la fuga y captura de los pájaros que ahora son ángeles y van quedando de un lado o del otro.

“Saltar la cuerda”, Archivo General de la Nación.

En las callecitas hay grupos pequeños de niños jugando, unos al Pisa Pisuela, escucho y recuerdo la rima “Pisa Pisuela color de ciruela/ vea vea esconda ese pie/ hay de menta hay de rosa/ para mi querida esposa que se llama doña Rosa”/.

Un poco más lejos, otro grupo juega a “Las Estatuas”.  Parados en fila en el cordón de la vereda saltan y caen en diferentes poses y la que administra el juego elige la mejor y esa luego oficia de administradora del juego.

Un grupo de chicos juega con una pelota de fútbol en una canchita y otros a las figuritas arrojándolas contra la pared y más allá sobre la tierra cuatro niños juegan a las bolitas.

En un cochecito con capota una nena pasea su muñeca Marilú con su rostro de porcelana y su vestido con puntillas y va cantando “tengo una muñeca vestida de azul/con su vestidito y su canesú” y su amiga lleva en brazos a la “linda Miranda” . Sentados en el umbral de una casa unos chicos juegan a “La Payana” y más allá otros al “Tatetí”.

Se escucha un trueno y comienza a llover. Detrás de los vidrios hay niños que cantan “que llueva, que llueva,/ la vieja está en la cueva/los pajaritos cantan/ la luna se levanta/que sí, que no, que caiga un chaparrón”. Pasó el chaparrón y el arco iris ilumina un cielo de colores, los niños salen a la vereda y en el agua que corre en la calle, que siempre que llueve se transforma en río, hacen flotar los barquitos que han armado de papel. El sol cae y el cielo se torna azul profundo, los chicos salen a jugar a “La Escondida”. Usan una fórmula para elegir quien será el que busca y escucho que dicen “Apeten sembrei/Tucuman lenyi/a mimi surki/ tururú ka chei/”, el que quedó fuera es el que cuenta con el rostro entre las dos manos contra la pared. El juego se inicia con la complicidad de las primeras sombras que ayudan a ocultarse y pronto se escucha el primer “piedra libre”.

Atravieso nuevamente la luna del espejo y regreso al mundo real con la vivencia recobrada del tiempo  feliz de la infancia.

Con ella vienen no solo la memoria risueña de los juegos, sino el recuerdo de aquellos amigos con los que compartimos días de rodillas lastimadas, de amistad incondicional, de ingenuos “pido gancho” para solucionar conflictos, amigos confidentes con los que descubríamos los misterios de la naturaleza y de la vida.

Tiempo que regresa a la memoria de la mano de los juegos con fragancia de mandarinas, galletitas y caramelos guardados en los bolsillos.