Expresiones de la Aldea, San Luis

DE COMPRAS

Por Jorge O. Sallenave (*)

—Esto se llama llegar tarde. Mis amigos andan ofreciendo dos por cada cuero.

Quiroga no demostró que el comentario lo afectara. Es más, cambió de tema.

— ¿Cómo anda el doctor? —preguntó refiriéndose de esa forma a Guillermo Belgrano Rawson.

—Bien, muy bien.

—Hace tiempo que no se lo ve por acá, es cierto que se está por abrir.

—Se comenta —contestó Julio de manera ambigua, porque la formación de un nuevo partido era un tema de dirigentes y agregó—: ¡Bueno, nos vamos!

— ¿No quieren pasar un momento?

—Tenemos que ver mucha gente, otra vez será.

—Así que pagan dos pesos, si me esperan, me fijo si algo quedó, dijo el anciano y dando media vuelta ingresó al rancho.

Minutos después reaparecía con veinte cueros que arrojó al suelo levantando una polvareda.

—Se me había olvidado que los tenía.

Al continuar el viaje Miguel recomendó a Julio que compraran donde aceptaran cheques.

—Si seguimos pagando en efectivo tendremos que dar la vuelta pronto.

A pocos kilómetros de San Francisco, al salir de una curva, un animal cruzó frente al automóvil, dando grandes saltos.

— ¡Un pumita! —dijo Miguel.

— ¡Un gato! —replicó Vasquito.

El animal, apenas dejó la ruta, subió a un peñasco donde se detuvo, observándolos.

— ¡Qué hermoso gato de monte! —insistió Vasquito.

—Pasame el rifle —pidió Miguel.

—No le tirés, debe estar cuidando la cría, de otra forma no se hubiera parado.

Miguel bajó la ventanilla y apuntó. El disparo retumbó en las sierras que bordean el camino.

—Le diste —dijo Julio al mismo tiempo que el gato montés daba un salto y se desplomaba.

Bajaron del auto y rodearon al animal. Después de asegurarse que estaba muerto. Miguel lo tomó de las patas traseras y lo cargó hasta el vehículo. Allí lo guardó en el baúl, junto a los cueros comprados.

Al continuar, Vasquito, que había reiniciado la ronda de mate reiteró:

—Pobre bicho, seguro que tenía las crías cerca.

—Mala suerte para él, a nosotros su piel nos ayudará a pagar la nafta —respondió Miguel.

—Es la primera vez que veo uno, dicen que son feroces —intervino Julio.

—Si se los ataca, pero te puedo asegurar que si alguien los cría son más fieles que los perros —aclaró Vasquito.

— ¿Se pueden criar en cautiverio? Nunca lo hubiera pensado.

—Preguntale a Caruño Durán, fue la respuesta de Vasquito haciendo referencia a un conocido arquitecto, amante de la caza, eximio arquero —agregó luego—: Crio dos machos. Los tenía en el fondo de la casa, en una jaula donde solo él podía ingresar. Daba gusto verlo jugar con ellos.

—Tipo simpático, algo bohemio —sintetizó Miguel pensando en Caruño Durán.

—¿Es cierto que caza carpas con el arco? —preguntó Julio.

—Yo lo he visto, en el dique La Florida. Pero eso no es nada, a treinta metros te apaga una vela, informó Vasquito.

— ¿No serás andaluz? —bromeó Miguel.

—Él le ha enseñado a todos. Es cazador casi profesional. Respeta los códigos. Además, aunque suene contradictorio, ama a los animales. No sé si recuerdan que crio un pecarí. Lo llamaba Simón e iba con él a la confitería —dijo Vasquito.

—Es medio excéntrico también —afirmó Miguel completando inconscientemente su definición anterior.

—Es un tipo que sabe —insistió Vasquito—. Y el que sabe, siempre es un poco raro. Conoce características y costumbres de cada especie que habita la provincia. Recuerdo que uno de los Mainero, el dueño de la carnicería ubicada en calle Lavalle, le propuso cubrir una gata común con los gatos de monte criados por Caruño. Este aceptó recomendándole que la trajera al cuarto día de iniciado el celo. Así se hizo y la gata fue cubierta no bien ingresó a la jaula. Caruño le aconsejó que la llevara, pero Mainero le dijo que era mejor, para asegurar el servicio, dejarla esa noche. “Si la dejás te la matan. Estos gatos cuando cubren una bastarda la atacan y le comen los sesos” —dijo el arquitecto, pero Mainero contestó que eso era creer en brujas y no la llevó.  A la mañana siguiente la gata estaba muerta, con la cabeza destrozada.

—Me revolviste el estómago —protestó Julio.

—Una historia macabra. Decime Vasquito ¿el gato montés es lo mismo que el de las pajas? —preguntó Miguel.

—Para nada. Son diferentes en tamaño y color de pelo. No te puedo decir mucho más.

—Con un experto como vos tendremos que cuidarnos en no comprar cueros de liebres —bromeó Julio.

Ingresaron a San Francisco del Monte de Oro, un bello pueblo al pie de la montaña, donde Domingo Faustino Sarmiento enseñó por primera vez cuando solo tenía 15 años. Lugar que guarda en su suelo una riqueza arqueológica importante y no es difícil encontrar puntas de flecha, conanas y piedras talladas de la cultura huarpe. Y si se toma el trabajo de ascender la montaña es posible ubicar, con la ayuda de un guía, los vestigios de cementerios indígenas.

En la villa se entrevistaron con Salama, uno de los comerciantes más fuertes de la región. Este, después de escucharlos les dijo que el precio ofrecido era bueno, pero no tenía intenciones de vender.

Decidieron seguir viaje. Julio se encargó de justificar el fracaso.

Hombres con sus armas muestran el producto de su cacería, en el interior de la provincia
de San Luis, hacia 1942. Foto de José La Vía.

—Al ver a tres novatos, Salama olió que algo pasa y se propuso esperar. Él está en condiciones económicas para retener una mercadería que puede subir.

—Ha hablado como contador —dijo Miguel riendo.

Luján les resultó favorable. Pudieron comprar gracias a la colaboración de un antiguo habitante de la villa, don Antonio Moyano. Quien tanto los había ayudado, se encargó también de solucionar otro problema.

—Les alquilo mi chata —dijo refiriéndose así a una pickup Ford destartalada y agregó—: Ustedes cargan y esta noche, cuando regresen, les tendré un chofer.

Antes de dejar la villa fueron a un bar. Allí, sin Moyano presente, festejaron la compra efectuada.

— ¿Servirán? —preguntó Miguel.

— ¿Por qué no? El pelo es firme, de invierno, no creo que el alemán los rechace —opinó Vasquito con gesto de conocedor.

— ¿Sabían que Luján se denominaba Río Seco por el siglo dieciocho? —preguntó Julio.

—Está a punto de hablar la enciclopedia —se burló Miguel.

—Ese cauce vacío en invierno, a partir de noviembre trae un agua cristalina y perfumada —confirmó Julio sin prestarle atención. Y se cuenta que alguna vez también arrastró oro. Esta es tierra de Juan Francisco Loyola.

—No lo conozco —interrumpió Vasquito.

—Militar valeroso. Fue el encargado de rechazar los montoneros que venían de La Rioja. A él se le debe la construcción del templo para cobijar a la Virgen de Luján, me parece que estoy gastando pólvora en chimangos —concluyó Julio dando a entender que perdía el tiempo tratando de ilustrar a sus acompañantes.

Al mediodía alcanzaron Quines. Fueron directamente a la casa materna de Julio.

La casa antigua, bien mantenida, estaba ubicada a metros de la plaza principal. El salón de recibo y comedor ocupaba la habitación con ventana a la calle. Los dormitorios en fila, daban a una galería cubierta y al final la cocina.

Rosa, la madre de Julio, los recibió efusivamente y los condujo hacia el fondo, donde Juanita, la criada, asaba un lechón bajo un parral de cepas desnudas, revueltas, sin podar.

— ¿Qué les parece? —preguntó.

— ¿El lechón? No dejaremos ni el rastro —contestó Miguel.

La sobremesa se extendió. Como es habitual en los pueblos cuando estaban tomando café llegaron visitas. Tres mujeres de edad similar a la de Rosa, igualmente excedidas en peso, con el mismo interés por saber el motivo por el cual andaban por ahí.

Vasquito les explicó en forma tan confusa la razón del viaje que las recién llegadas solo atinaron a decir: “¡Qué bien!”, y lo invitaron a jugar un chinchón donde perdió sin atenuantes. Hecho que fe reconocido en privado con la frase “Esas viejas juegan bien”.

Como era la hora de la siesta decidieron ocupar el tiempo en encontrar una segunda camioneta para el supuesto que tuvieran un éxito igual al obtenido en Luján. 

Pascuita, un exempleado del banco, eterno frecuentador de los bares del pueblo, no tardó en conseguirla. Su curiosidad para saber en qué sería empleada, no pudo vencer la reserva de Julio.

Por la tarde, visitaron el almacén de Flores sin mayor resultado, pero después fueron a Garrofer, el establecimiento de los hermanos García y ahí la historia cambió. Compraron mil cueros.

A esa altura era imposible que no empezaran a sacar cuentas. Y los resultados que obtenían les alimentaba la codicia. Razón que los llevó hasta Candelaria donde hicieron una excelente comprar en lo de Farut.

Ya era de noche cuando se despidieron de Rosa y Juanita. El automóvil inició la marcha. Atrás lo seguían dos camionetas cargadas al máximo. En Luján se les unió la contratada a Moyano.

Miguel enfrentaba un inconveniente personal, el olor que despedían los cueros lo descomponía y cada tanto pedía que se detuvieran para vomitar.

—Hacer un buen negocio requiere sacrificios —dijo con sonrisa desfalleciente a la altura de Suyuque, cuando su estómago estaba vacío y las arcadas solo le extraían un líquido transparente.

Eligieron la casa de Vasquito para depositar lo adquirido. A medianoche, cuando las camionetas estuvieron descargadas, los choferes pagos y los cueros ordenados, los tres se sentaron a contemplar las pieles y comentar las contingencias vividas.

Vasquito, que parecía transitar un período de euforia, hacía proyectos para invertir su ganancia.

Julio, sin decirlo, pensaba que se había aprovechado de su gente al actuar como intermediario para obtener un importante beneficio. También le preocupaba cubrir los cheques entregados y por momentos se decía que el alemán no vendría.

Miguel reflexionaba así: “Es un negocio para repetir, dos o tres veces al año. La diferencia que se consigue es buena”. Ignoraba, lo que aprendería muy pronto, que en asunto de pieles los novatos pagan duro el derecho de piso. Pero esa es otra historia. En esta, Meissinger, el alemán, fue puntual.

(*) Segunda parte- Texto incluido en el libro Cuentos del Viento.