La Aldea y el Mundo, Notas Centrales

FALSAS PROMESAS

Nuevas prohibiciones para niñas y mujeres en Afganistán hacen cada vez más cercano el triste pasado del país. Mientras tanto, el mundo mira para otro lado

Por Agustina Bordigoni

Lic. En Relaciones Internacionales

“Los horrores infligidos a las mujeres afganas por los talibanes dieron en el clavo. Muchos activistas, sin duda sinceros, súbitamente se declararon preocupados por la suerte de esas mujeres, aunque actualmente poca gente muestra igual preocupación. ¿Por qué? Porque todo el mundo sabe muy bien, hoy como ayer, que no somos capaces de resolver todos los problemas del mundo y, especialmente, que problemas como la opresión de las mujeres no se resuelven de la noche a la mañana. Pero la fuerza de la propaganda de guerra es tal que hasta los antibelicistas se sintieron obligados a manifestar su acuerdo con los objetivos que se habían proclamado para justificar esa guerra, en lugar de limitarse a denunciar la hipocresía de toda esa maniobra. Probablemente este sentimiento de obligación haya provenido del hecho de que la última cosa de la que querían ser acusados los antibelicistas era de ‘apoyar a los talibanes’”.

El fragmento corresponde al libro “Imperialismo humanitario. El uso de los Derechos Humanos para vender la guerra” (2005), de Jean Bricmont. La obra hace referencia a la guerra que inició EE.UU. en Afganistán luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Entonces, la operación “Libertad duradera” llegaba al país entre otras cosas para encontrar a los terroristas que, aseguraban, eran protegidos por el gobierno.

En ese momento dirigían el país –tal como ahora– los talibanes. Habían llegado al poder en 1996 y desde ese año impusieron su interpretación de la ley islámica, algo que afectaba especialmente los derechos de las mujeres: no podían salir solas de sus hogares, las niñas mayores de 12 años no tenían derecho a estudiar y todas debían llevar un burka, un tipo de velo que cubre totalmente el cuerpo. Durante los años que duró el Talibán en el poder (hasta la llegada de EE.UU. en 2001), la música, el cine y el maquillaje estuvieron prohibidos.

Por eso, y más allá de los intereses particulares de los Estados Unidos en el país, la garantía de estos derechos para las mujeres se volvió un justificativo de esa guerra. Y, aunque es cierto que durante los años que duró la ocupación algunas de esas cosas cambiaron, a nadie parece importarle que todo dé marcha atrás ahora.

La opresión de las mujeres no se resuelve de la noche a la mañana, claro está. Pero, ¿tampoco bastaron 20 años?

Cómo se llegó hasta aquí

En febrero de 2020, EE. UU. y el Talibán firmaron un acuerdo en Doha para el retiro de las tropas estadounidenses en un plazo de 14 meses si los talibanes se comprometían a no permitir que Al Qaeda u otro grupo extremista operara dentro de las áreas que controlaba. El objetivo de Estados Unidos era terminar con una de las guerras más largas (y por tanto ya impopulares) en las que había participado el país.

Apenas iniciada la retirada, los talibanes comenzaron a avanzar y a tomar el control de una mayor cantidad de territorios. Pero las advertencias no fueron oídas. Si en otros temas existían diferencias, en esto coincidían Donald Trump y su sucesor, Joe Biden: había que abandonar Afganistán. Ya no importaba el avance talibán sino la partida de Estados Unidos del territorio, prevista para una fecha más que simbólica, el 11 de septiembre de 2021.

Antes de ese día, el 15 de agosto, lo inminente se hizo realidad. Los insurgentes entraron en la capital, Kabul, provocando la caída del gobierno y la posterior ocupación por los talibanes. Es decir, todo aquello por lo que la intervención estadounidense comenzó, parecía volver a suceder. Miles de personas se agolpaban en las pocas vías de salida que quedaban para huir. Se temía un gobierno como el de 1996, y los temores eran fundados.

Apenas ocupado el poder, los talibanes intentaron mostrarse más moderados. Pero luego afirmaron que los derechos de las mujeres serían interpretados dentro de la ley islámica o sharía. Y aquí vale hacer una distinción: una cosa es la ley islámica, otra sus componentes y otra muy diferente su interpretación.

La forma en la que los talibanes entienden esta ley llevó al más reciente cierre de escuelas secundarias para niñas (en realidad nunca volvieron tras el receso invernal) y la prohibición de que las mujeres viajen en avión sin la compañía de un hombre.

Lo que dice (y no dice) la sharía

La ley islámica o sharía (cuya traducción es “el camino claro hacia el agua”) es un conjunto de normas basado en el Corán y la Sunnah o tradición profética (que son las conductas y dichos de Mahoma que se encuentran recopiladas y escritas en libros llamados hadiz).

De estas dos fuentes principales, quienes son considerados en la tradición islámica como eruditos o sabios deducen principios que se convierten en normas. Esas normas son aplicadas e interpretadas de diferentes maneras, con lo que no hay una única versión de la llamada ley islámica.

En algunos países, esas normas religiosas se aplican a la vida diaria, como pasa en Arabia Saudita, Irán, Pakistán, Mauritania, Libia y ahora en Afganistán con los talibanes. Estas normas de conducta tienen incluso fuerza de ley para todos los habitantes.

Sin embargo, esas fuentes principales de la ley islámica no dicen nada acerca de la educación de las mujeres, los viajes o la vestimenta, más allá de que ésta debe ser modesta tanto para hombres como para mujeres. Esto puede ser interpretado por algunas personas como el uso de diferentes tipos de velo para las mujeres incluido el burka, que cubre el cuerpo de pies a cabeza.

En el caso de los hombres, las interpretaciones más extremas incluyen una vestimenta en la que solamente puedan mostrar los pies, las manos y la cara y establecen el uso obligatorio de barba (algunos, incluso, la tiñen de rojo).

Lo que sí determina la ley islámica son castigos para los pecados, entre los que distingue entre graves o no tan graves. El grado y la aplicación de los castigos como mutilaciones y lapidaciones (aplicadas ya para casos de robo o adulterio durante el primer gobierno talibán) también varía de acuerdo a una interpretación más fundamentalista o radical de estas leyes. Aunque, cabe decir aquí, se trataría más de una interpretación radical, distorsionada y libre que de seguir al pie de la letra estas normativas.

Lo que dice el mundo

Cuando las niñas se disponían a volver a clases después de más de 180 días sin ejercer ese derecho, el gobierno afgano anunció que no se retomarían hasta que se establecieran reglas claras sobre segregación y uniformes que fueran acordes con las “costumbres y tradiciones afganas”.

Por lo tanto, y a fines de marzo, cuando muchas niñas se disponían a volver a clase e incluso algunas ya estaban ingresando a sus escuelas, la educación para las mayores de 12 años quedó suspendida hasta nuevo aviso.

Pronunciamientos de Naciones Unidas y de algunos países como Canadá y Estados Unidos condenaron lo ocurrido y solicitaron a los talibanes que reviertan esa situación, a riesgo de no ser reconocidos y bajo amenaza de aplicar nuevas sanciones.

Desde la llegada al poder de los talibanes, EE.UU. congeló activos de Afganistán y la Unión Europea redujo la asistencia como castigo a este nuevo gobierno autoritario. El problema de estas medidas es que, como el dinero es del Estado y no de los talibanes, terminan por afectar a toda la población.

Según Naciones Unidas, más de 18 millones de personas necesitan en Afganistán ayuda humanitaria urgente para sobrevivir, y uno de cada tres afganos no tiene suficiente comida para subsistir.

Después de 20 años de ocupación, las cosas parecen iguales o peores que antes. “Todo el mundo sabe muy bien, hoy como ayer, que no somos capaces de resolver todos los problemas del mundo”, dice Jean Bricmont.

Entonces, ¿por qué tantos se siguen arrogando el derecho de llegar a otro país con la falsa promesa de hacerlo?