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SER LÍDER

Un segundo mandato de Macron en Francia puede abrirle las puertas para conseguir aquello por lo que viene trabajando: un papel protagónico en Europa

Por Agustina Bordigoni

En la segunda vuelta electoral francesa, el pasado 24 de abril, Emmanuel Macron fue reelecto como presidente con el 58,5% de los votos, una cifra que le permitió ganarle a su contrincante Marine Le Pen (que alcanzó el 41,5%), pero que impone algunos retos a futuro. 

Para empezar, el porcentaje es bastante menor al conseguido por el actual mandatario en 2017, cuando se enfrentó a la misma candidata y obtuvo un 66% frente al 34% de la representante de la ultraderecha. Por otro lado, el alto nivel de abstención y de votos en blanco lo obligan a reformular la continuidad de su gobierno, y a inaugurar una forma distinta a partir del 13 de mayo. 

Un segundo mandato en el que puede que no cuente con mayoría parlamentaria, lo que también definirá el futuro de sus políticas: si en las eleccciones legislativas de junio no alcanza esa mayoría, entonces deberá compartir el poder con un primer ministro contrario a su partido y representante de la mayoría opositora. 

Por eso, tanto los excandidatos de la derecha como de la izquierda hablan de estos próximos comicios (que se celebrarán el 12 y el 19 de junio) como “la tercera vuelta”. 

Además del liderazgo y la legitimidad interna, que supo ganarse de alguna manera cuando le tocó enfrentar las crisis de los chalecos amarillos y la pandemia, Macron tiene que definir (o redefinir) su liderazgo en el mundo -y particularmente en la región-. 

Hasta ahora sus esfuerzos en las negociaciones por la guerra en Ucrania fueron valorados pero no suficientes: bien vistos por gran parte de la sociedad francesa, pero criticados por su falta de resultados según la oposición. Al fin y al cabo, después de varias conversaciones con las partes, la guerra ya lleva dos meses y seguimos contando. 

Es claro que la salida de Angela Merkel de la arena política europea y su liderazgo tan marcado dejaron el camino difícil para cualquiera que desee tomar su lugar. Se trata de un espacio que Macron se mostró dispuesto a ocupar incluso antes de la partida de la Canciller alemana. Pero, ¿qué deberá resolver el presidente para consolidarse como líder regional en este quinquenio?

Una política común

Históricamente, una de las dificultades de los 27 miembros de la Unión Europea ha sido la de generar respuestas y políticas comunes hacia el resto del mundo. La diferencia de realidades e intereses puso a la Unión en momentos difíciles: ocurrió por ejemplo durante la crisis del euro en 2008. Tras la crisis financiera desatada en los Estados Unidos, y las correspondientes pérdidas en Europa, Angela Merkel consiguió que los socios de la Unión socorrieran financieramente a los miembros del bloque más afectados: Grecia, Portugal e Irlanda del Norte. 

Luego vinieron otras crisis, como la del brexit y la del coronavirus. La primera implicó un golpe al bloque regional, en tanto no pudo mantener a uno de sus miembros más importantes, mientras durante la segunda cada país actuó por separado, e incluso hubo desacuerdo en el reparto de las vacunas negociadas previamente por la Unión.

Sí, dentro del bloque, se logró consenso acerca de un paquete millonario para impulsar la recuperación de los 27 luego de la pandemia.

Marine Le Pen candidata de la ultraderecha y Emmanuel Macron reelecto presidente de la República francesa.

La guerra que está ahora a las puertas de la región tampoco los encuentra de acuerdo. Los dos temas principales son las sanciones y la necesidad de una política de seguridad común. 

El desafío ucraniano

Si hay algo que se hizo manifiesto desde el inicio de la guerra en Ucrania fue la falta de un claro líder europeo.

La principal dificultad sigue siendo la de ponerse de acuerdo respecto a las sanciones que debían ser impuestas a Rusia. El tema energético ocupó la mayoría de las discusiones (que aún no terminan). El 40% de las importaciones de gas en Europa provienen de Rusia, un porcentaje mucho mayor cuando se habla de Alemania (en donde esta cifra asciende al 80%). Por eso Alemania, Chipre, Italia y Hungría se opusieron desde el comienzo a las sanciones más duras. Mientras tanto la Unión busca estrategias para crear energías alternativas, todas soluciones a largo plazo que no permiten tomar decisiones de momento y en conjunto.

Por otro lado está el tema de la seguridad: la guerra en Ucrania fue muestra de lo vulnerable que puede ser el continente ante este tipo de conflictos, y lo mucho que depende de las fuerzas extranjeras para defenderse en caso de que ocurran. 

Ese era un pedido que el presidente Macron hacía a los países de la Unión y también es ahora una promesa electoral: reforzar la inversión militar y de defensa. Hasta el momento tampoco hay avances a nivel europeo sobre el tema.

Estos serán dos desafíos pendientes que deberá abordar el presidente francés, más cuando su país está a cargo del Consejo Europeo hasta el 30 de junio.

La política migratoria 

En 2015 miles de refugiados, en su mayoría provenientes de Siria, llegaron a las costas europeas en busca de un lugar seguro. Algunos miembros de la Unión cerraron sus fronteras y construyeron muros. Angela Merkel sostuvo que su país tendría una política de “puertas abiertas”, lo que le valió grandes críticas de otros países y de la oposición. Sin embargo, en 2016, participó de la negociación del acuerdo del bloque con Turquía, por el que se consensuó que todas las personas que llegaran de manera irregular a las islas del Egeo serían devueltas a ese país. A cambio de que menos migrantes llegaran a Europa, la Unión ofrecía a Turquía miles de millones de euros.

El migratorio sigue siendo un tema muy delicado en Europa. De hecho, y a causa del rechazo de parte de la población a su llegada, la derecha fue ganando fuerza tanto en Francia como en el resto de los países, a pesar de haber perdido las elecciones.

En este sentido las políticas comunes también fallaron. Cada país tiene su postura, pero, como presidente de la Comisión Europea, Macron propuso un acuerdo con África, similar al que Macron hizo con Turquía, para “tratar de evitar las nuevas llegadas porque son insostenibles para nuestras sociedades, para el continente europeo, porque una gran mayoría de los que llegan buscando asilo no tienen derecho a ello”, dijo en alguna oportunidad el mandatario.

El ejercicio del liderazgo

Para ejercer el rol de líder europeo no solamente se necesita intención, sino también reconocimiento: esto es, que el resto de los líderes de la región reconozcan a Emmanuel Macron como tal. Hasta ahora, los pasos del presidente francés parecen ir en este sentido.

Todo dependerá de cómo se resuelvan (si es que llegan a una resolución) los asuntos mencionados más arriba, y si con esas resoluciones el mandatario francés es reconocido, legítimamente, como la figura más relevante de Europa. 

“Los líderes actuales emergen, se sostienen o declinan en el contexto de democracias continuas y de una ciudadanía autonomizada, es decir que, sobre todo si gobiernan, están obligados a una reproducción continua de legitimidad”, señala Isidoro Cheresky en su libro “El nuevo rostro de la democracia”. Más adelante el autor afirma que estos “son particularmente vulnerables” y que “pueden sedimentarse y enraizarse, pero con frecuencia tienen altos y bajos, o declinaciones definitivas”.

Son dos los tipos de liderazgo que deberá ejercer Macron en los próximos años. El primero en el plano interno, en el que la inflación creciente, las consecuencias de la guerra y la reforma del sistema de pensiones medirán día a día su legitimidad, ya herida por un alto nivel de abstención y de votos en blanco.

Por otro lado, y en el plano europeo, que el nuevo mandato de Macron sea un alto o un bajo en su imagen como líder, dependerá de muchos factores: tal vez el más importante es la falta de consensos dentro de la Unión. 

Pero hay algo seguro: la intención está.