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Que le llegue a la gente

El fallecimiento de uno de los más grandes escritores de la cultura puntana contemporánea deja un gran vacío y una gran responsabilidad: leer y volver a leer a Jorge Osvaldo Sallenave

Gabriela Pereyra

Que le llegue a la gente que se ha ido un buen hombre, que le llegue a la gente su obra y su legado. Se ha ido Jorge Sallenave, el generoso, el prolífico, el escritor de las costumbres puntanas, el hacedor de cultura. Sí, se ha ido y con su partida se ha quedado para siempre. Un caballero de las letras, un incansable soñador con el don de imaginar a cada instante. Ni la pandemia pudo con sus ganas de escribir y pudimos celebrarlo en estas páginas.

Cuando nos ofrecía su obra, en esa transacción siempre anticipaba: “no quiero nada, ni dinero, ni nada, quiero que le llegue a la gente, que la gente lo lea, con eso ya soy feliz”.

Jorge era un nacido y criado en San Luis, polifacético e inquieto escribió su primera novela a los 14 años. Aunque de profesión abogado, no era lo único que lo definía: “soy un escritor puntano que ha realizado una vasta producción en novelas y cuentos. Dentro de mis principales novelas se pueden destacar ‘El Club de las Acacias’, ‘La Quinta’, ‘Elvira de Lesbene’, ‘Lamagrande’, ‘De tantos no puede ser se va la vida’, ‘Pensión Virgen Negra’, ‘La Fuga’, entre varias obras más. En cuento podemos destacar ‘Cuentos del viento’ y ‘El viento que viene del sur’, entre otros. También incursioné en la dramaturgia con una obra que se llama ‘La Rotonda’. En una época me dediqué al periodismo radial, en la Radio Municipal de Buenos Aires, en Radio Rivadavia y en Radio El Mundo. También realicé periodismo gráfico en Primera Plana, La Hipotenusa y para algunas importantes editoriales. He sido guionista de programas de televisión”, describía el propio Sallenave.

A sus hijos y a su hija les decía con cariño, al hacerles la llamadita semanal: “estoy recogiendo el espinel”, para saber en qué andaban. Con respeto, hicimos esa llamada para “pescar” los sentires de sus amados.

Para Martín, el mayor de sus hijos, se ha ido su amado padre, su héroe, como a él le gustaba llamarlo: “él me discutía que no era mi héroe, porque me decía que tenía muchos miedos, que no podía ser mi héroe, y yo le decía que justamente, tener esos miedos y demonios dando vueltas y hacerles frente día a día, no era para cualquiera y él los combatía. Creo que ha vivido más de lo que debería haber vivido y más de lo que debería haber sufrido, si es que existe alguna vara, creo que su forma de ser un poco temerosa, luchando el día a día le consumió energía, pero él no se iba a dejar vencer.

Por ejemplo, él decía que no era un gran escritor, que escribir le llevaba un gran esfuerzo, todos sus escritos fueron producto de su tenacidad y de sus luchas.

Mi padre era un hombre de bien, pero yo estoy mal acostumbrado, porque en mi familia, por parte de padre y de madre, es normal ser gente de bien, no conozco otra cosa, por eso, cuando me paran para hablar de mi padre solo se trata de cosas buenas.

Mi padre siempre quiso ser leído, nunca cobró un solo peso por sus publicaciones. Tuvo la suerte de estar en el suave ocaso del libro de papel, sus ediciones se agotaban, pero él nunca fue a cobrar sus derechos de autor. Pudo disfrutar de saber que cuando se publicó ‘La Quinta’ y ‘Elvira de Lesbene’ se agotaron los ejemplares de El Diario de ese día, algo que hoy no existe, lo pudo vivir y nos alegramos”. “

Mi viejo siempre fue amigo de todos, tenía una cultura inconmensurable, leía muy rápido con una memoria prodigiosa, cuando él se va, sin dudas entra en la inmortalidad con tan vasta obra, y no es algo que a todos les toca. Imagino una plaza, una escuela con su nombre, no tengo dudas de que va a ser así”.

Eduardo, el hijo del medio, reconoce complicidades con su padre desde sus inclinaciones a escribir y su elección por lo creativo publicitario, ambos intercambiaban opiniones sobre el quehacer del otro. Orgulloso cuenta que de esas charlas surgió el desafío para escribir La Quinta, la icónica novela de suspenso, estilo en el que Sallenave no había incursionado hasta el momento y que fue una bisagra en su obra. También Eduardo le pidió rescatar las historias de los pasajeros del Hotel Regidor, anécdotas que viajaban en la familia desde la memoria de su abuelo Francisco y luego desde el propio Jorge. Este proyecto dio a luz en pandemia con el libro Historias Pasajeras.

“Amaba contar historias que eran un espejo de San Luis, siempre le apasionó, siempre tenía la punta de una historia dando vueltas, de lo que venía o estaba pensando, mi viejo era muy creativo, siempre había algo, tenía una memoria prodigiosa, entonces guardaba momentos y precisiones en sus anécdotas. Lo fuimos llevando después con mi hermana hacia el mundo digital que tanto resistía, era totalmente analógico, era arisco, lo sentía como lejano, pero se empezó a fijar en los me gusta, y era muy gracioso escuchar que preguntaba: ¿cuántos me gusta tengo hoy?”.

“Los valores que nos deja son los de actuar siempre de manera correcta, hablar las cosas, tratar de entender a todos, ser curiosos, el valor de buscar las cosas sinceras, le gustaba la gente común, el diariero, el que pasaba vendiendo, la gente común, y de allí surgían esas maravillosas historias. Voy a extrañar ese llamado semanal que nos hacía, y nos preguntaba en qué andábamos, siempre fue muy de estar, eso se va a extrañar un montón, y la mirada de él, y ni hablar de todo su afecto”.

Para Soledad, la hija menor, el vacío es inmenso. Su admiración logra separarse por un momento y mirarlo desde afuera: “Mi viejo era un hacedor, ocupando lugares de los más variopintos, desde ser presidente del Club Gimnasia, ser un deportista nato en esa época, transitó la abogacía de una manera rotunda, muy reconocido en esa profesión, después siendo hotelero, asumiendo una lógica de una línea familiar que sintió como un mandato, y lo mantuvo para la familia, y por supuesto ser un gran escritor. Por eso, un gran hacedor, encaraba diferentes cosas y a todas las llevaba a buen puerto, un talento que no sé si él mismo pudo asumir.

El don de gentes es impresionante, no lo he visto en muchas personas. El viejo conectaba con la gente, eso de poder leer al otro, de habilitar la escucha, conocer al otro. Quienes lo trataban quedaban tocados, atrapados inmediatamente. Una empatía inmediata que generaba en el otro una especie de admiración y comunión. Fue una persona de mucho hacer, fue muy duro estos últimos años por su salud no poderlo practicar.

Él no pasaba desapercibido ni, aunque quisiera. Era el alma de la fiesta. Muy entregado a la ayuda, al diálogo, al consejo, súper generoso. Como hotelero era reconocido por los empleados, se jactaba de que todos sus empleados se jubilaban en el hotel. Todas esas buenas formas las tenemos internalizadas nosotros. Son grandes desafíos poder sostener todas estas banderas, estos inmensos legados de los viejos. Papá va a seguir viviendo tanto en la pluma como en sus gestos y palabras. En cada alma que tocó, y que las seguimos viviendo con gente que se acerca y nos cuenta algo que le pasó con él. Dejaba una impronta en el otro, siendo él. No te careteaba nada, era auténtico, también rescato el gran sentido del humor que tenía, muy filoso”.

Por casi tres décadas se eligieron con su amada Gloria Pepe. La compañera que además ayudaba a transcribir sus textos y hoy, conmovida, cuenta: “Jorge fue el hombre de mi vida, un compañero de años, en los cuales nos apoyamos mutuamente, fue mi sostén, siempre tenía la palabra apropiada en el momento preciso.

Nos tocó compartir momentos felices y pudimos disfrutar mucho de las cosas de la vida, también pasamos por momentos re difíciles. Era un sobreviviente en tiempos difíciles, y eso me lo enseñó, a luchar. Era incansable contando historias, pese a que yo no era de San Luis, aprendí a conocer a su gente. Disfrutó de sus amigos, de sus hijos, del enorme reconocimiento de la gente de San Luis en cuanto a lo que él escribía.

Lo hacía inmensamente feliz saber que la gente lo había leído. Nos deja un legado enorme desde lo literario, pero sobre todo como hombre de bien, del hacer las cosas correctamente, de luchar en los momentos que no son tan buenos, una gran generosidad. Era un agradecido de las cosas simples, de una palabra, de un gesto.

Personalmente me deja un vacío muy grande. Se fue el compañero de mi vida, Era muy agradecido de quienes lo difundían y de quienes lo leían. Era un refugio. Sus problemas de salud venían de hace tiempo y esta vez no tuvo tantas fuerzas. Él trascendió y tiene la gloria del pueblo a través de la gente, se fue un gran hombre para mí, y para San Luis”.

En un rincón, hay un hombre derrumbado ante la ausencia, es José Flores, su empleado por 30 años, pero además su amigo que entre lágrimas cuenta:

“se lo dije en vida que le agradecía que el mejor momento de mi vida fue haber llegado acá (al Hotel Regidor) y haber estado con él, hoy particularmente me siento nuevamente solo, porque mi padre falleció hace muchos años y mi madre también, un poco nos habíamos adoptado con Jorge.

Me quedan todas sus enseñanzas que fueron infinitas, el trato con la gente, tantas horas charlando… Enseñaba a ser honesto, sincero, a no defraudar, siento ese vacío ahora. En un año me jubilaba y él se reía, me decía: ¿vos te vas a jubilar?, ¿te vas a ir de acá?, ¡estás loco, ni lo soñés!… Y resulta que él me dejó antes. Sé que mañana no me va a llamar para preguntarme cómo estoy, si necesitamos algo, y es muy duro, pero para honrarlo seguiremos haciendo todo lo que nos enseñó”.

Desde los 13 años José conoció a la familia, hizo de cadete, luego de conserje y finalmente fue el encargado del Hotel que según él era también la vida de Jorge.

“Los sueños me han acompañado durante toda la vida y me siento muy feliz, y seguiré teniendo muchos sueños. San Luis fue mi vida y sigue siendo mi vida, la mayoría de mis historias están basadas en historias de gente común, allí me encuentran”, Jorge Sallenave.