Raquel Weinstock

UNA LÁGRIMA PARA LA INOCENCIA

Por Raquel Weinstock

Sábado 20 de octubre de 2012

Por los niños maltratados. Por los niños muertos, que nos acusan inmóviles, por los niños desnutridos, por los chicos de la calle, hacedores de luna y escarcha, testigos y destinatarios de la violencia agazapada.

Por los niños abandonados que deambulan en las tinieblas del desamor. Condenados por el feroz desamparo de sociedades injustas.

Condenados en su fragilidad intensa. A los niños del mundo, que mueren y sufren vejaciones. A los huérfanos o abandonados que buscan, con la mirada vacía a sus  padres, entre escombros.

A los pibes que les negaron el beso tibio de las buenas noches. A los que nunca se asombraron ante una torta, como si nunca hubieran nacido, anestesiados por el abuso. Cegados por la miseria.

A los pibes que les negaron el beso tibio de las buenas noches. A los que nunca se asombraron ante una torta, como si nunca hubieran nacido, anestesiados por el abuso. Cegados por la miseria. Sin derecho a un juguete o a un helado, con sus manos y rostros ásperos quemados por el frío de las noches frías y solitarias, apretando una moneda y el corazón vacío como un cuenco de hojalata.

Condenados, sin culpas a no ser portadores de la savia de la infancia. A los que los reyes magos olvidaron dejarle el seis de enero la magia de un regalo porque no habían dejado sus zapatos, pero sí el pasto y el agua para los camellos sedientos.

A los niños descalzos. Por Brando, y por todos ellos una, unánime, lágrima.

Pintura de Morteza katouzian.