Expresiones de la Aldea, San Luis, Tertulias de la Aldea

El lechero

Por Sebastián Reynoso

Todavía a oscuras, en plena madrugada el hombre adentro del corral está haciendo su trabajo. Recolecta el valioso líquido blanco, después, con mate en mano, se dispone a ensillar su caballo, qué animal bueno para el trabajo, reluciente, bello, el mismo que le festeja cada vez que lo ve asomarse al corral. Ya falta poco y pronto saldrán juntos a recorrer las calles de la ciudad como cada mañana, ya sea en otoño, invierno, primavera o verano.

El carro que es de madera buena, algarrobo y quebracho, en sus barandas están las marcas de los años con los que lleva cumpliendo sus funciones, arriba lleva los estilizados tachos de 20 litros color gris, eran de aluminio, a su lado una jarra y un embudo del mismo material, en la actualidad se pueden encontrar estos elementos en lugares como el Museo Complejo Nativista Héctor Aubert.

La recorrida diaria por los barrios de la ciudad hacía que los vecinos esperasen su paso diario en las veredas, o en la misma calle de tierra, ya listos con su jarra o cacerola en mano, la anunciada llegada del carro lechero se podía distinguir por los sonidos a lo lejos que marcaba el caballo con su andar. Esa sí que era música para los oídos, sobre todo para el que fue niño y vivió toda esa época, porque posterior a ese momento podíamos desayunar con leche recién ordeñada, incluso todavía conservaba la espuma entre esos tachos de aluminio.

Había tanta confianza entre los vecinos y el lechero que se prestaba para el fiado, a fin de mes se le abonaba todo, igual que al del mercadito del barrio, este tipo de comercialización era muy común en aquellas épocas, hasta recuerdo una vez a mi padre intercambiar trabajo de albañilería por recibir la leche en el domicilio, sin tener que abonar por algunos meses.

Cómo no voy a nombrar al lechero que marcó mi infancia, una hermosa etapa de mi niñez, don Beto García, hombre guapo para madrugar y salir con su carro por los distintos barrios, en el mío, por ejemplo, con un típico silbido para aquellos a los que todavía les costaba salir de la cama.

Uno quedaba embobado mirando su caballo por lo implacable que lucía, sobre todo en aquellas mañanas de verano donde era un placer despertarse temprano para esperar al lechero. Había otro lechero que también repartía en el barrio, pero a ese pronto lo desenmascararon cuando un día mi madre se dio cuenta que a la leche le agregaba agua, pues no tenía el mismo sabor que la de don Beto, nuestro lechero favorito.

Siendo yo un niño muy curioso, y ante mi inquietud, recuerdo que me contaba con sus palabras cómo hacía su trabajo, y me decía que se levantaba a las 4 de la madrugada para ordeñar las vacas en un lugar tranquilo y aislado, masajeando las ubres del animal de arriba hacia abajo con movimientos suaves pero constantes, y así seguía vaca por vaca, para después colocar la leche en los tachos de aluminio. Una noble labor que vale la pena rescatar por escrito, para los más jóvenes que ven algo así como muy lejano, pero esto era en verdad saludable.

Repartidor de leche. Archivo General de la Nación. 1874