Expresiones de la Aldea, San Luis

AÑOS DE VACAS GORDAS

Por Jorge O. Sallenave

¿Quiénes son los sentados a la mesa comiendo asado con ensaladas en el salón que precedía a la cancha de pelota a paleta en el club Gimnasia y Esgrima de San Luis?

Pelotaris y socios del club.

Había finalizado el último partido de la noche y las luces de la cancha aún permanecían encendidas. Los deportistas se habían duchado y cambiado en el vestuario ubicado al final del salón y ahora, como sucedía tres o cuatro veces por semana, se agrupaban alrededor de la mesa dando cuenta de costillas y chorizos hechos a la leña en el asador construido en el extremo sur del patio al aire libre. El Negro Puertas iba y venía con una fuente grande pidiendo que masticaran más lento porque las piernas no hacían tiempo para ir hasta al asador y volver. La esposa del Negro se ocupaba de reponer las ensaladas, el pan y la bebida.

¿Quién era el Negro Puertas? El cantinero de la institución. Nadie hubiera dicho que el Negro no tenía ascendencia africana. Tez oscura, cabello con motas, dientes blancos y firmes, labios gruesos, ojos grandes de mirar asustadizo. De niño fue lustrabotas, diariero, cadete. Más grande se hizo mozo y ahora, a los sesenta años, era encargado de la cantina. Hombre de buen humor que festejaba las bromas inocentes y permanecía serio si el chiste necesitaba una elaboración personal para encontrarle el sentido. Se sabía, porque él lo había contado varias veces, que su padre fue policía y había muerto “en el cumplimiento del deber” cuando se arrojó a un pozo negro para salvar a una persona que se había caído ahí. La persona, gracias a su ayuda, se salvó, pero el padre del Negro no pudo salir.

El Negro Puertas guardaba en el bolsillo monedero de su pantalón gastronómico, una medalla de oro que el Gobierno provincial le otorgara post mortem a su madre, que a su vez se la diera a él, al cumplir 18 años, previo juramento que la tendría de por vida. Esa anécdota, una noche de asado disparó otra.

Uno de los presentes le preguntó al grupo qué cosa les gustaría realizar antes de morir. Las respuestas fueron variadas. Algunos respondían lo que deseaban, otros contestaban cosas absurdas, en lo posible humorísticas. Fue Patafio quien se dirigió al Negro que al final de la cena se acodaba en la heladera vitrina para escuchar a los deportistas.

—¿Y vos? ¿Qué querés hacer antes que la Huesuda te lleve?

—¿Yo? —preguntó el Negro y después de un breve silencio— Antes de morir quiero conocer África.

¿Quiénes estaban sentados a la mesa? En la cabecera Sonio Correa; en los costados, el presidente del club, Roby Lavía, el Loco Barloa, Antonio Muñoz, Rulo Muñoz, Bernabé Vera Ponte, Miguel Puertas, Antonio Valentini, Eduardo Villegas, José María Alva, Mario Noé Estévez, Luis Quintas, Guillermo Pegels, Alfonso España, Carlos Gómez, en la cabecera contraria Pinin Miotti, Patafio y varios socios más.

¿Cómo se habían logrado esas reuniones semanales donde concurrían buenos jugadores, pésimos jugadores y otros que no practicaban el deporte?

Se supone que el presidente, joven, a punto de cumplir 27 años, tenía algo que ver.

Conviene analizar.

El joven presidente había crecido en la institución recibiendo permanentes ejemplos de los anteriores dirigentes. Punto a favor.

Siguió con la costumbre de mantener en compartimentos estancos cada deporte. Punto en contra.

Continuó practicando tenis, ignorando las internas de natación, básquet, pelota a paleta. Otro punto en contra.

Por lo tanto, atribuirle a él solo que los socios dejaran de estar separados sería injusto.

Recibió consejos y actuó en consecuencia. Escuchó a Sonio Correa, Valentini y Muñoz, que lo acompañaban en la comisión directiva y practicaban paleta. Silvio Gatica hizo lo propio desde la natación. Araniz, Celorrio y otros le dieron una mano con el básquet.

Pelotaris en San Luis, hacia el año 1930. La pelota paleta y la pelota vasca fueron disciplinas deportivas muy importantes en San Luis y en gran parte de la Argentina. Foto de José La Via

El presidente comenzó a frecuentar los distintos espacios de cada disciplina. Lo primero que visitó fue la zona del trinquete. Un sábado por la tarde.

Conocía a algunos de los jugadores. A Bernabé Vera Ponce, lo conocía del colegio secundario. En esa época el Negro, así se lo llamaba, con su físico imponente jugaba al vóley, al básquet y por supuesto a la paleta. Con los años se trasladó a Buenos Aires donde ganó el campeonato metropolitano de paleta. De regreso a la provincia se dedicó a este deporte en exclusividad. La lista de pelotaris era extensa.

¿Cómo no conocen a Roby Lavía y a Rulo Muñoz? Roby era un delantero excepcional, rápido, astuto, con temple. Rulo, buen zaguero lo opacaba en porte la presencia del Negro Vera Ponce, sin que dejara por este motivo, despertar admiración también. El hijo del cantinero, Miguel Puertas, era un adolescente que se abría camino como delantero, promesa cierta para un futuro no muy lejano. A “Willy” Pegels, en el club no se lo llamaba Guillermo, le gustaba el tenis y también la paleta. Allí lo tenía de compañero a Luis Quintas, propietario de un negocio de ropa y calzado masculinos “La Moderna”.

El sábado que el Presidente fue al trinquete, notó que un hombre sentado junto a la reja alentaba y daba indicaciones a un jovencito de pelo largo y lacio, atado con una vincha que le otorgaba aspecto de indiecito, por lo menos para el presidente, que años después lo bautizaría con cariño como Patoruzú, el personaje de Dante Quintero.

Le preguntó al Negro Puertas quiénes eran.

—Don Villegas y su hijo Eduardo.

Sobre el final del partido el joven retó a su padre, acercándose a la reja, exigiéndole que no le diera más consejos de mala forma y con alto tono.

El presidente esperó que abandonara el trinquete y se acercó a ambos. Luego se dirigió al joven y dijo:

—Buenas tardes. Soy el nuevo presidente de la institución. Te quiero hacer saber que en caso que repitas tu inconducta se te sancionará. La mala educación no está invitada a esta institución.

El padre, hombre de edad, se acercó algo más y sonriente dijo:

—Gusto en conocerlo. No pretendemos ofender a nadie. Ya es una costumbre entre nosotros. Somos sanguíneos. Jugué siempre a la paleta hasta que la rodilla se hizo trizas. Deseo que mi hijo sea un gran pelotari. Que alcance objetivos que no pude alcanzar.

—Me parece bien, pero si se repite su conducta lo suspenderé –repitió el joven presidente.

Por supuesto que el joven Villegas reincidió y fue suspendido. Ese muchacho que en la noche de la cena se encontraba sentado a la mesa, cambió su comportamiento y fue un zaguero de nivel nacional. Fue más que eso, padre en su tiempo, enseñó a los hijos varones, con dedicación. Esos niños serían campeones mundiales de pelota. Triunfaron en Francia, España, México y tantos otros lugares sin olvidar por el éxito a su terruño.

El presidente ese sábado que visitó el trinquete decidió, para lograr el amalgamiento social, dejar el tenis y practicar paleta. Para iniciarse invitó a Sonio Correa, Antonio Muñoz y Valentini.

Le resultaba fácil atinar a la pelotita de goma negra, tenía buena mano para tirar tambor y reja, le era imposible usar la zurda porque el revés del tenis se le había pegado para no irse más. ¿Fue un buen jugador? ¡Para nada! Pero le alcanzaba para mezclarse con la mayoría que nunca llegaría a jugar en primera.

(*) Primera parte- Este texto forma parte del libro “Historias de San Luis: de gentes y de leyendas”.